Te salió La Adicta al Perdón, y tu reacción inmediata probablemente fue disculparte por el resultado de alguna forma. "Perdón, sé que eso probablemente es molesto." ¿Ves? Lo acabas de hacer. En tu cabeza. Ahora mismo.
Vamos a dejar algo claro: no estás pidiendo perdón porque hayas hecho algo mal. Estás pidiendo perdón porque existes en un estado perpetuo de culpa percibida, y "perdón" se ha convertido en el peaje que pagas por el crimen de ocupar espacio en la vida de otras personas. Pides perdón cuando alguien te empuja. Pides perdón antes de hacer una pregunta. Pides perdón por tener una opinión, y luego pides perdón por pedir perdón. Son disculpas sobre disculpas sobre disculpas, y la torre ya da vértigo.
La psicología aquí va más profundo de lo que la mayoría cree. La sobre-disculpa crónica típicamente tiene raíz en una de dos cosas: un estilo de apego ansioso que está aterrorizado ante el abandono, o un entorno infantil donde tus necesidades eran tratadas como inconvenientes. En algún punto del camino, tu cerebro recibió el mensaje de que tu presencia es una imposición, y "perdón" se convirtió en el impuesto que pagas para justificarla. Cada disculpa en realidad está diciendo: "Por favor no te vayas. Sé que soy demasiado. Me haré más pequeña."
Y aquí está la ironía más cruel: lo que haces para mantener a la gente cerca es precisamente lo que la aleja. Pedir perdón constantemente es agotador para quienes te rodean — no porque la palabra les moleste, sino porque pueden ver la ansiedad que la impulsa y no saben cómo ayudar. Cuando te disculpas por existir, básicamente estás pidiendo a todos a tu alrededor que te reafirmen constantemente que tienes permiso de estar aquí. Eso es mucha carga emocional para poner sobre otras personas, y muchas veces crea exactamente el rechazo que intentas prevenir.
Tu reflejo de disculpa también tiene un lado oscuro bastante sneaky: puede ser una forma de control. Cuando te disculpas preventivamente por todo, no dejas espacio para que la otra persona exprese sus sentimientos reales sobre la situación. Ya reclamaste el rol de la culpable antes de que nadie haya tenido la oportunidad de evaluar qué pasó. Parece humildad, pero funciona como mecanismo de defensa — al ganarle a todos de mano, nunca tienes que sentarte en la incertidumbre incómoda de no saber si hiciste algo mal.
El patrón lingüístico es revelador: "Perdón, pero—" antes de compartir una opinión. "Perdona que te moleste" antes de una solicitud perfectamente razonable. "Perdón si esto es una tontería" antes de una idea genuinamente buena. Cada una es un pequeño disclaimer que dice: "Por favor no me juzgues por lo que viene después." Has convertido la disculpa en armadura, y la has llevado puesta tanto tiempo que has olvidado cómo se siente simplemente... decir cosas. Sin el prólogo. Sin la cláusula de escape.
La recuperación no se trata de nunca decir perdón — se trata de reentrenar tu cerebro para distinguir entre responsabilidad genuina (que es sana y necesaria) y apaciguamiento impulsado por la ansiedad (que no es ni lo uno ni lo otro). La próxima vez que "perdón" esté a punto de salir de tu boca, pausa un segundo y pregúntate: "¿Realmente hice algo mal, o solo tengo miedo?" Si la respuesta es lo segundo, intenta reemplazarlo con "gracias". "Perdón por desahogarme" se convierte en "Gracias por escucharme". "Perdón por llegar tarde" se convierte en "Gracias por esperarme". Misma situación, energía completamente diferente — y no te cuesta un pedazo de ti misma cada vez.
